Las tecnologías son actividades científicas que se caracterizan
fundamentalmente por su carácter de conocimiento funcional aplicado.
No son disciplinas de estudio aunque de su actuación se produce
también saber. Son disciplinas que, en contraste con las que
hemos denominado funcionales, sintetizan los conocimientos que provienen
de aquellas ciencias y los particularizan; es decir, los aplican a una
situación concreta (Ribes, 1985).
En el interés por
lo concreto utilizan todo tipo de conocimiento descriptivo o funcional
que les pueda ser útil y, además, toman de la experiencia
individual todas aquellas orientaciones que, más allá
de lo que afirma las ciencias descriptivas y funcionales, les sirven
en su finalidad manipulativa e interventora.
Es de destacar que las
ciencias tecnológicas también están interesadas
en la funcionalidad y en las causas pero su aproximación globalista
y no segmentaria las provee de discursos causales alejados y distintos
respecto de los discursos causales analíticos y generalizantes
de las ciencias funcionales. Es más, su orientación pragmática
transforma, muy a menudo, sus discursos en un reconocimiento de la eficiencia
de las actuaciones más que en una teoria completa y sólida
respecto de lo ocurrido. Sucede entonces que lo que se llama teoría
-concepto que incluye tanto concepciones generales sobre los fenómenos
como explicaciones de lo que acontece- no se entiende en la praxis tecnológica
igual como se entiende en el estudio más contemplativo de las
ciencias funcionales básicas.
Todo ello nos lleva a
afirmar que tanto en objetivos como en método las ciencias tecnológicas
son distintas a la funcionales y, por supuesto, ambas son distintas
a las descriptivas o morfológicas.